CAPÍTULO 1. LA MUERTE
Desde ese tres de
diciembre, nada volvió a ser igual. Aún recuerdo aquellos llantos
de mi abuela, aquel dolor que impregnaba su voz desde la garganta. Mi
abuelo, decía algo sobre mi abuelo.
Fallecido.
No. No era posible. Se
habría equivocado. Mi abuelo es un roble... Una lágrima atravesó
mi rostro. Seguidamente otra. Otra. Y otra más.
Después vinieron esas
horas tristes y desoladas en el tanatorio. Todavía seguía
repitiéndomelo a mi misma; esto no ha pasado, mi abuelo estará en
su mecedora cuando vuelva a casa. Pero no fue así.
Esperé otro día, tal vez
hubiese ido a comprar lotería esa mañana. Volví a la mañana
siguiente, y la mecedora me respondió fría y quieta, mi esperanza
se rompió. En esos momentos lo comprendí.
Se había marchado. Para
siempre. Nunca jamás le volvería a ver.
Abuelito.... Susurraba
cada noche antes de dormir.
Me ocurría lo mismo que
cuando una persona ve a la muerte, toda mi vida me pasó por delante.
Mi primera comunión, mi
décimo cumpleaños, mi viaje en avión...
Todo estaba acompañado
por la misma persona, mi abuelo. Siempre había estado ahí. Cada
paso que daba era gracias a él, a la energía que me transmitía. Su
positividad, su forma de admirar la vida, y de admirar a los demás.
Nunca en mi vida había conocido a ninguna persona como él, y sentía
que jamás lo volvería hacer.
Le admiraba. Mi sueño
siempre fue parecerme a él.
Me enseñó a leer, aún
padeciendo dislexia de niña. Los libros, todos y cada uno de ellos
me recordaban a él. Al leer una palabra, imaginaba que era su voz
quien la repetía en mi cabeza, en mi corazón. De esa forma
milagrosa, conseguía entender todo lo que leía.
Cada tarde, iba al
cementerio, a verle. Me encantaba estar allí, era el único lugar
dónde sentía que estaba con él. Me llevaba nuestros libros
favoritos, los que él me leía. Algunos me gustaban más, otros, tal
vez un poco menos. Pero no me importaba. Mi abuelo siempre me decía
que los libros son los objetos que más magia trasmiten.
Al principio, tan solo me
limitaba a sentarme en frente de su tumba, en frente de él. Si me
encontraba animada, le leía un poco de nuestros libros.
Pasados unos meses, empecé
a contarle como me iba todo.
Su ausencia había creado
un gran vacío en mi vida, pero no se lo quería decir.
Había bajado un poco las
notas en general. Hechaba de menos sus explicaciones de matemáticas,
y sus teorías sobre la ciencia y la humanidad. Tal vez no me
ayudaran mucho, pero me enseñaban mucho más de lo que un colegio
puede llegarte a inculcar.
Mis amigas... Bueno,
últimamente no tenía amigas. Nunca me habían gustado.
Este curso, gracias a mi
abuelo, había conseguido simpatizar con dos chicas. Eran raritas,
como yo.
Por eso me acerqué a
ellas. Pero desde la muerte de mi abuelo, no hablaba con nadie. Me
sentía mejor estando sola. Me gustaba estar sola. Sin ninguna
presión de pensar que contestar a los demás. Libre. Ese era mi
estilo. Siempre acompañada de mi libro, de mi única inspiración.
Los chicos. Bueno esa no
era mi gran pasión. Nunca había hablado con ninguno a penas. Ni si
quiera me había sentido atraída. En mis libros preferidos, se
narraban historias de amor realmente bellas. Sin embargo, yo no las
entendía. Como una persona podía darlo toda por su pareja, por su
amor. No conocía esos sentimientos. Quizás tampoco me había
planteado bien el problema, como solía decir mi abuelo, porque el
amor no consiste solo en chicos. Consiste en la familia, en los
amigos, en las personas que te importan...
Así pasaba las horas. Y
los días. Y los meses.
No había día que no
fuese al cementerio. Le llevaba flores, se las cambiaba. Sus flores,
recuerdo que me decía que nunca había tenido ninguna favorita. Le
gustaban todas.
Por eso cada semana le
colocaba un tipo distinto. Comencé con las margaritas.
Proseguí con las
violetas, con las rosas, con los tulipanes.
Me volví fría. Con todo
el mundo. Con mi madre, bueno si es que se podía llamar madre.
Aquella mujer no sabía
hacer otra cosa que beber. Ni trabajaba ni se preocupaba por mantener
a su única hija.
Nunca me había hecho el
más mínimo caso. Recuerdo que los profesores me preguntaban por qué
no venía a las reuniones.
Yo avergonzada, decía que
se había puesto enferma.
-Enferma de la cabeza....-
Pensaba.
Menos mal que yo tenía mi
propio superhéroe. Mi abuelo. Él me decía que mi madre no podía
evitar ser así. Que se había convertido en un vicio, y que no podía
superarlo. Yo intentaba comprenderla pero jamás la entendía.
¿Cómo una mujer podía
despreocuparse de ese modo de su familia?
Recuerdo que cuando era
tan solo una niña, me hacía pis en la cama. Era algo muy normal en
los niños de mi edad, pero para mi madre era todo un problema.
Me gritaba. Me pegaba. Me
repetía que nunca debía haber nacido. Que nunca debía haberse
acostado con mi padre. Yo aun siendo una niña, no lo soportaba más.
Así que me fui.
Me fui a vivir con mis
abuelos paternos.
Ellos fueron básicamente
los que me criaron, con ayuda de el sueldo íntegro de mi padre, que
trabajaba en Alemania.
Mi madre, pasados unos
años, vino a verme. Me pidió perdón, se arrodilló y me dijo que
lo sentía mucho, que yo era lo que más le importaba en este mundo,
y que me fuese a vivir con ella.
Mi abuelo me dijo que
podía marcharme si era lo que deseaba, pero no quería. No quería
repetir esa parte de mi infancia cruel.
Pero, de alguna manera, mi
madre asentó la cabeza. Encontró un trabajo de camarera en un bar
del pueblo, todas las mañanas íbamos a desayunar juntas.
Pero el vínculo estaba
roto. Nunca seríamos madre e hija.
Ella soñaba con que en
algún momento lo lograríamos, aunque yo tenía claro que no.
Desde que me abuelo
falleció, empecé a ver menos a mi madre. Pasaba las horas en el
cementerio,
y cuando salía era para
comprar flores. No tenía tiempo para ella, y tampoco me molestaba en
buscarlo.
Pero llegó la primavera.
Esa época de flores, aromas y olores, que se unían con el objetivo
de impregnar el ambiente.
Ese frescor que se
levantaba de repente, que traía consigo un aire que movía pétalos,
hojas,polen; ese aire que movía la primavera.
Y, totalmente a mi pesar,
el ayuntamiento asignó un conserje para el cementerio.
-Lo que me faltaba,
otra persona más que piense que estoy loca.- me recriminaba a mi
misma.- En cierto modo, tal vez lo esté.
Y, para terminar de
arruinarme la situación, cambiaron los horarios respecto a las horas
de luz. El cementerio estaría abierto menos horas.
Capítulo 2: http://diariodeunawonderland.blogspot.com.es/2015/05/cuidame-desde-el-cielo-capitulo-2.html
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