miércoles, 6 de enero de 2016

SNOW



CAPITULO 1

Cada vez siento más frío, los días son más oscuros, las noches son más largas, apenas se distingue el día de la noche. Sin embargo, yo tengo suerte, el brazalete que papá me regaló antes de que se marchara me es muy útil, con el puedo comprobar la temperatura, la hora y además me permite encontrar la ubicación exacta de cualquier persona del mundo que yo desee localizar. Básicamente me lo compró por una razón: que dejara de llorar y preocuparme por él porque, como es lógico, que lo alejaran de mi, y lo destinaran a una muerte segura me aterraba, vaya si lo hacía.
No podría vivir sin este objeto, lo necesito, día a día observo el país en el que se encuentra papá, pero, a decir verdad, me importa un rayo dónde esté mi padre lo que de verdad me proporciona es el alivio y la necesidad de saber que está vivo, que no me ha dejado y que quizá cuando todo acabe podré llegar a verle de nuevo.
Ahora tengo la dorada banda elástica entre mis manos y observo la hora confundida y aturdida por el extraño sueño del que me acabo de despertar. Las dos de la madrugada. El sudor resbala por mi frente, a pesar del frio, sudo por una simple pesadilla, que curioso. Decido levantarme de la cama ya que volver a dormirme no supone ninguna alternativa, aunque me gustaría poder adentrarme en un mundo creado por mi imaginación y olvidar los problemas que se desarrollan en la vida real, soy incapaz de retomar el sueño.
Me coloco mi bata de piel, un gorro de lana, un chaquetón y por último las botas de montaña negras que escondo debajo del armario. El siguiente paso y el más difícil es llegar hasta el comedor, llegar hasta allí no es que sea complicado, el problema son los vigilantes que se encargan de merodear por la residencia para atisbar el más imperceptible movimiento de cualquier joven atrevido a salir de su habitación a altas horas de la noche, cosa que obviamente está prohibida. Pero, no obstante yo ya lo tengo todo estudiado, por eso, antes de salir de mi cuarto agarro una linterna, un par de moras de gominola, una manta, dos o tres lápices, mi cuaderno y, lo más importante, cuatro canicas; todo esto va directo a mi mochila.
A continuación, me aseguro de que los vigilantes están abajo, salgo al pasillo a hurtadillas y dejo las canicas al borde del último peldaño, las empujo con el pie derecho y corro silenciosamente hacia el antiguo elevador de comida situado detrás de la cortina del final del corredor. Ahá! Aún funciona creía que después de tanto tiempo había perdido su utilidad, sí, era la parte del plan más dudosa pero tenía un segundo recurso, suerte que no ha hecho falta usarlo, hubiera sido más arriesgado. Cuando escucho a los guardias subiendo apresuradamente planta tras planta para indagar sobre la procedencia del extraño sonido, me meto como puedo en el pequeño ascensor, cosa que me cuesta, ya que con el tiempo he ganado peso y altura, después desciendo las cinco plantas, atravieso el comedor y abro la única ventana de todo el edificio. Saco una pierna, me siento sobre el alfeizar y pego un salto al exterior. Siento como cada uno de mis huesos se congelan poco a poco, respiro entrecortadamente, despidiendo por mi boca un rastro de vaho que me demuestra la diferencia de temperatura de ambos ambientes, pero por primera vez siento libertad y continúo corriendo.
Oigo aullidos y sonidos extraños, los pocos animales salvajes que quedan en el bosque están hambrientos y no van a tardar mucho en detectar mi presencia por ello estudio con la ayuda que mi linterna los posibles lugares donde podría estar más segura.
Al final decido subir a un enorme pino, saco la manta, el cuaderno y me acomodo. La oscuridad de la noche no me permite ver el espantoso paisaje de los árboles muertos o sin color del valle así que miro hacia el cielo y me quedo fascinada contemplando las estrellas y las constelaciones.
De repente veo como un par de luces se mueven justo debajo del árbol y oigo unas voces familiares:
-No debe de estar muy lejos, mira bien.
-¡Serás idiota! ¡Cómo se entere Katy, nos corta la cabeza!
-A mi no me hables en ese tono, la culpa es tuya por no hacer bien tu trabajo.

Me contengo la risa como puedo. No sé porque no me había escapado antes, los vigilantes son estúpidos y ahora que lo sé, no tardaré mucho en repetir la huida.
Las luces de sus linternas se van haciendo cada vez más pequeñas, los sonidos de los animales se van apagando como si estos también se alejaran y mi cuerpo cede al sueño. Me quedo dormida profundamente.







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