El primer pero
extenuante rayo de sol atravesó la ventana al mismo tiempo que el
descontrol se apoderó de mi despertador. Poco a poco la nubosidad se
despejó en mis ojos y con cierta torpeza apagué el objeto que me
importunaba. Mi mano se pasó por mi cara para después de frotarme
los ojos, levantar la colcha que me permitiera salir de la
maravillosa cama donde descansaba. Con lentitud y sueño me senté de
nuevo sobre la parte posterior de la cama. ¿Qué día era hoy?
Entonces lo recordé. Era sábado. Hoy podría descansar y por un día
no tendría que soportar las regañinas de mi madre dando clases de
historia y de cortesía. Una sonrisa traviesa se me dibujó en la
cara.
Ese día, y con
motivo de mi propia celebración de sábado, decidí hacerme una
larga trenza de espiga que brillaba con mi pelo dorado. Mi madre
nunca me hubiese permitido llevar este recogido un día normal.
Mientras abría la
puerta de mi habitación con sigilo, contemplé la idea de no hacer
absolutamente nada hoy. Podría, simplemente coger uno de mis libros
favoritos y subir por la escalera de servicios hasta la espaciosa
terraza del rascacielos y allí respirar aire limpio y tumbarme en el
suelo a observar como las nubes me enseñaban un taller de
papiroflexia, con sus infinitas formas y figuras.
Sonaba
estupendamente. Pero debía aprovechar la mañana antes de que mi
madre se levantase y entonces me propusiera algún estúpido plan
para Enyers, como ir a tomar té o a pasear.
Así que me decidí
a bajar a desayunar, a la planta 200. Tomé el ascensor con la
esperanza de que a esa temprana hora no hubiese demasiados Enyers
desayunando. Desafortunadamente me equivoqué. El comedor estaba
abarrotado de bulliciosas personas que no cesaban de levantarse a por
comida. Cogí una bandeja y me serví lo primero que vi, debía ser
rápida si quería desayunar tranquila. Con sigilo, tomé la bandeja
y abrí la antigua puerta de servicio, esa que conducía a una larga
escalera que ya nadie utilizaba, salvo en caso de emergencia. Subí
varias plantas, sabía a donde me dirigía. A esa gran habitación
rectangular donde solo aguardaban algunos viejos objetos que ya no se
utilizaban, y donde solo se accedía por la escalera. Pero, cuando me
disponía a girar el pomo, algo me paralizó. Varias manchas de color
rojizo descansaban sobre la plata del pomo. Era sangre. Tragué
saliva. Divagué sobre lo que podría haber ocurrido, pasando del
asesinato al suicidio, del robo a simplemente un descuido. También
dudé entre salir corriendo y avisar a las autoridades o a
simplemente ser valiente y entrar. 'Respira hondo Nayha, no puede ser
algo tan malo. Entra y sal de dudas, vamos.' Lenta y cuidadosamente
mis suelas se levantaron del suelo y mi mano presionó el pomo
manchado haciendo que la puerta, con un suave chirrido se abriera.
Sin volver a pensarlo caminé hacia su interior. Dentro, una gran
habitación llena de objetos cubiertos con sábanas descansaban sobre
múltiples cajas repletas de polvo. Una ventana con la persiana
torcida y mal bajada en frente de mi expulsaba el pequeño pero
existente halo de luz que irrumpía en la habitación para
iluminarla.
De pronto, vislumbré
un cuerpo en mitad de la sala. Estaba quieto, inconsciente. Con
sigilo me acerqué para intentar comprobar, si al menos, respiraba.
Conforme me acercaba vi como con suavidad su torso se levantaba y se
relajaba continuamente. Respiré hondo. Estaba vivo.
Entonces, reconocí
su rostro. Era uno de los vecinos de mi rascacielos, un chico mayor
que yo, que vivía en las primeras plantas, en los barrios más bajos
y pobres.
- ¿Te encuentras
bien?- le pregunté con voz temblorosa.
De pronto, y sin
esperarlo, el muchacho abrió los ojos y se incorporó repentinamente
para lanzarme una mirada desasosegada. No pude evitar fijarme en
aquellos ojos azules, no un azul cualquiera, uno sólo comparable al
del mar.
- Nayha, ayúdame
por favor.- susurró con una voz ronca y hueca.
¿Cómo sabía mi
nombre? ¿De qué me conocía? Pero no tuve tiempo de más preguntas
porque justo en ese momento pude ver, con cara de espanto, como una
herida yacía en su costado izquierdo y expulsaba un flujo continuo
de sangre.
- ¡Dios santo!
¿Qué te ha pasado?- el miedo y el desconcierto se apoderaron de mi
voz pese al leve intento de calma que quería transmitirle.
- Yo... No... no
te lo puedo decir … no lo entenderías... - sus ojos suplicantes
intentaban hallar en mi la comprensión que no parecía encontrar.
- Tranquilo,
mírame – le dije mientras intenté sujetar su barbilla para que
nuestros ojos se encontraran con un leve destello.- Te puedo ayudar,
y lo voy a hacer. Pero quiero saber qué te ha pasado, y tranquilo,
no se lo contaré a nadie.
- Ni siquiera...
¿Ni siquiera se lo contarás a las autoridades?- evitó mirarme a
los ojos al pronunciar la frase. Debía esperarme lo peor.
- No, te lo
prometo.- dije al instante.
- Yo... soy... un
imperfecto. Y me han encontrado. - Las palabras se quedaron flotando
en la sala, mientras mi mente las procesaba. ¿Qué estaba diciendo?
No podía ser cierto. Dudé entre creerle o desestimar su confesión
debido al estado en el que se encontraba. Pero no tuve más tiempo
para preguntarle, puesto que poco después de pronunciar las
palabras, se desmayó.
¿Qué debía hacer?
Estaba claro que no podría entregarle, y lo primero que tenía que
hacer era curarle la herida. En ese momento di gracias a mi madre por
todo lo que me enseñó sobre primeros auxilios, y recordé que en la
estancia donde me encontraba había un botiquín. Enseguida lo cogí,
y tras quitarle la camisa blanca que ahora se hallaba llena de sangre
conseguí desinfectarle el corte. Después de coserle y vendarle la
herida, aquello no tenía tan mala pinta. Pero no podía dejarle
allí, si era cierto que era un Imperfecto, un grupo de robots se
hallaría en estos instantes buscándole por todos los rincones.
Debía llevarle a otro lugar. Entonces se me ocurrió llevarle a un
desván oculto que se hallaba en nuestra terraza, y del que nadie
excepto yo conocía su existencia. Aunque aquel joven era delgado no
podría subirle por las escaleras hasta llegar a mi planta, y obté
por usar el elevador, que llevaba varios años sin ser utilizado.
Respiré hondo, le incorporé y pasé su mano alrededor de mi cuello
para poder caminar mejor.
- Tranquilo, te
llevo a un lugar seguro. - le susurré en el oído con ternura
mientras que, por un instante me miró a los ojos. De nuevo volvió
a recaer en el sueño, estaba demasiado débil.
Abrí con rapidez la
puerta del elevador y antes de mandarle hacia las plantas de arriba,
recogí su camisa manchada de sangre y limpié con un pañuelo la
puerta, cerrándola cuidadosamente tras de mí para no dejar ninguna
pista. Entonces pulsé la planta 250, donde estaba la terraza, y me
dirigí al comedor para subirle un poco de comida. Pero, cuando
abrí la puerta y entré una estridente y melancólica voz me llamó.
- ¡Nayha!
¡Hija!- con pesar giré la cabeza en la dirección del sonido y
contemplé como mi madre me hacía señas desde la mitad de la sala
con una servilleta. Resoplé. Y ahora me tocaba tragar con esto.
- Dime mamá. -
dije evitando su mirada.
- ¿Dónde te
habías metido? He estado buscándote esta mañana. Te recuerdo que
habíamos quedado para tomar té, querida.- aunque intentó usar un
tono afable, su voz sonaba igual de desagradable que siempre.
- Lo siento mamá
pero estoy ocupada. Además ya te dije que los sábados no me gusta
hacer planes, hoy sólo me voy a dedicar a leer.
- Está bien.- me
respondió simulando indiferencia.
Cogí la bandeja y
me marché en el ascensor general hasta la terraza. Cuando llegué
abrí la puerta del desván y le ayudé a entrar. El lugar me invadió
de recuerdos, el día que encontré la puerta oculta a ras del suelo
sentí que aquel lugar siempre sería mi guarida. Por eso, allí dejé
varios objetos personales, como eran algunos libros y una cama
hinchable donde solía tumbarme a leer. En una repisa también había
varias mantas.
Con suavidad le
recosté en la cama y le tapé, puesto que seguía llevando el torso
desnudo. Más tarde le traería alguna camisa blanca de mi hermano.
Pasada media hora, el joven descansaba plácidamente con una
respiración acompasada. No podía apartar los ojos de él, de su
belleza, y me costaba creer que fuera un imperfecto. En realidad
nunca había conocido a un ser tan perfecto como él, con esos ojos
azules inigualables, ese cuerpo impecable y esa voz que me tensaba.
De repente sus ojos se abrieron como una flor al alba.
- Hola. - dijo
tras un rato intentando articular una palabra.
- Hola.- le
sonreí. - ¿Cómo te encuentras?
- Bastante mejor.
No sé como puedo agradecerte esto.
- No me tienes
que agradecer nada. - le miré intentando hacer parecer que solo
fuese una mirada fortuita, aunque mis ojos me delataban. - Toma, te
he traído algo de comer.- le dije mientras cogía la bandeja que
había dejado a mi lado. - Trata de comértelo todo, te sentará
bien.
- Gracias.- Me
sonrió mientras comenzaba a comer. De pronto, pareció recordar
algo y se tocó la herida en el costado, al mismo tiempo que lanzaba
un gruñido. - ¿La has cosido tú?
- Sí tranquilo.
En unas semanas estará completamente cicatrizada. Y ahora dime
¿cómo es que sabías mi nombre?
- Yo... Bueno,-
pareció sonrojarse- te he visto por ahí. Y, aunque no lo
recuerdes, hace muchos años fuimos amigos. Me llamo Dilan.
- Encantada. Y
ahora... Antes me dijiste que eras un imperfecto. ¿Es cierto?
- Sí. Y entiendo
que quieras denunciarme, yo mismo lo haría, pero no quiero acabar
como los demás. Ya sabes, no quiero acabar allí abajo. Además, sé
que no soy el único. Hay muchísimos de ellos que quieren hacerse
pasar por Enyers, y la mayoría lo consigue. Creen que solo somos
varios, pero hoy en día hay cientos, aunque no corren la misma
suerte que yo. - intentó serenarse. - Siento lo que te estoy
haciendo pasar, pero de verdad que no quiero generarte problemas. En
cuanto pueda, me marcharé. - trató de levantarse, y al instante le
paré.
- No te
preocupes,- volví a colocarle las sábanas encima.- Así al menos
tendré a alguien con quien charlar y que no pueda salir corriendo.-
ambos sonreímos. Sin esperarlo, su cálida mano rozó la mía al
tratar de moverse, y nos quedamos callados sin dejar de mirarnos
durante varios minutos.
De pronto, me cogió
la muñeca con suavidad y la posó con cuidado sobre su cuello, donde
pude notar como una pequeña cicatriz destacaba sobre su suave
tesitura.
- Así que... -
intenté romper aquel extraño silencio.- ¿Desde cuando lo sabes?
- No desde hace
mucho, tal vez dos años. - giró su cabeza para poder contemplarme
mejor.- Siempre he creído que nadie nunca lo sabría. Que tal vez
nunca lo notaran, pero ya sabes que ahora más que nunca están
tratando de eliminar a los imperfectos. Después de descubrir que
algunos defectos se pueden heredar, ya nada es lo mismo. Ahora
parece una caza furtiva para que a ningún imperfecto pueda procrear
con alguien similar a él. Esta mañana mientras dormía, alguien
llamó a la puerta buscándome. Mi hermana pequeña me avisó de que
unos robots preguntaban por mi. Y antes de que pudieran irrumpir en
mi habitación conseguí escapar por la ventana, no sin antes
llevarme un disparo que me rozó de milagro.- miró la herida.-
Conseguí despistarles porque pensaron que había escapado hacia el
exterior, cuando lo único que hice fue esperar a que se marcharan y
entonces traté de subir varias plantas por aquellas antiguas
escaleras donde antes trabajaba mi madre limpiando. Y bueno, después
apareciste tú.- me miró con disimulo, y sin evitarlo me sonrojé.
- Me alegro de
haberte encontrado.- respondí sin pensarlo.- Y bueno, ahora debería
bajar a traerte más comida y algo de ropa limpia, no quiero que
estés así. - dije rápidamente mientras me levantaba y salía del
desván.
La verdad es que no
me importaba verle sin camiseta, en cierto modo me fascinaba, me
atraía. Pero esa no era la clase de sentimientos que debía tener
hacía un imperfecto.
Si quieres seguir leyendo la historia aquí están el resto de los capítulos.
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