jueves, 17 de diciembre de 2015

CAPÍTULO 1/ PERFECTION


El primer pero extenuante rayo de sol atravesó la ventana al mismo tiempo que el descontrol se apoderó de mi despertador. Poco a poco la nubosidad se despejó en mis ojos y con cierta torpeza apagué el objeto que me importunaba. Mi mano se pasó por mi cara para después de frotarme los ojos, levantar la colcha que me permitiera salir de la maravillosa cama donde descansaba. Con lentitud y sueño me senté de nuevo sobre la parte posterior de la cama. ¿Qué día era hoy? Entonces lo recordé. Era sábado. Hoy podría descansar y por un día no tendría que soportar las regañinas de mi madre dando clases de historia y de cortesía. Una sonrisa traviesa se me dibujó en la cara.
Ese día, y con motivo de mi propia celebración de sábado, decidí hacerme una larga trenza de espiga que brillaba con mi pelo dorado. Mi madre nunca me hubiese permitido llevar este recogido un día normal.
Mientras abría la puerta de mi habitación con sigilo, contemplé la idea de no hacer absolutamente nada hoy. Podría, simplemente coger uno de mis libros favoritos y subir por la escalera de servicios hasta la espaciosa terraza del rascacielos y allí respirar aire limpio y tumbarme en el suelo a observar como las nubes me enseñaban un taller de papiroflexia, con sus infinitas formas y figuras.
Sonaba estupendamente. Pero debía aprovechar la mañana antes de que mi madre se levantase y entonces me propusiera algún estúpido plan para Enyers, como ir a tomar té o a pasear.
Así que me decidí a bajar a desayunar, a la planta 200. Tomé el ascensor con la esperanza de que a esa temprana hora no hubiese demasiados Enyers desayunando. Desafortunadamente me equivoqué. El comedor estaba abarrotado de bulliciosas personas que no cesaban de levantarse a por comida. Cogí una bandeja y me serví lo primero que vi, debía ser rápida si quería desayunar tranquila. Con sigilo, tomé la bandeja y abrí la antigua puerta de servicio, esa que conducía a una larga escalera que ya nadie utilizaba, salvo en caso de emergencia. Subí varias plantas, sabía a donde me dirigía. A esa gran habitación rectangular donde solo aguardaban algunos viejos objetos que ya no se utilizaban, y donde solo se accedía por la escalera. Pero, cuando me disponía a girar el pomo, algo me paralizó. Varias manchas de color rojizo descansaban sobre la plata del pomo. Era sangre. Tragué saliva. Divagué sobre lo que podría haber ocurrido, pasando del asesinato al suicidio, del robo a simplemente un descuido. También dudé entre salir corriendo y avisar a las autoridades o a simplemente ser valiente y entrar. 'Respira hondo Nayha, no puede ser algo tan malo. Entra y sal de dudas, vamos.' Lenta y cuidadosamente mis suelas se levantaron del suelo y mi mano presionó el pomo manchado haciendo que la puerta, con un suave chirrido se abriera. Sin volver a pensarlo caminé hacia su interior. Dentro, una gran habitación llena de objetos cubiertos con sábanas descansaban sobre múltiples cajas repletas de polvo. Una ventana con la persiana torcida y mal bajada en frente de mi expulsaba el pequeño pero existente halo de luz que irrumpía en la habitación para iluminarla.
De pronto, vislumbré un cuerpo en mitad de la sala. Estaba quieto, inconsciente. Con sigilo me acerqué para intentar comprobar, si al menos, respiraba. Conforme me acercaba vi como con suavidad su torso se levantaba y se relajaba continuamente. Respiré hondo. Estaba vivo.
Entonces, reconocí su rostro. Era uno de los vecinos de mi rascacielos, un chico mayor que yo, que vivía en las primeras plantas, en los barrios más bajos y pobres.
- ¿Te encuentras bien?- le pregunté con voz temblorosa.
De pronto, y sin esperarlo, el muchacho abrió los ojos y se incorporó repentinamente para lanzarme una mirada desasosegada. No pude evitar fijarme en aquellos ojos azules, no un azul cualquiera, uno sólo comparable al del mar.
- Nayha, ayúdame por favor.- susurró con una voz ronca y hueca.
  ¿Cómo sabía mi nombre? ¿De qué me conocía? Pero no tuve tiempo de más preguntas porque justo en ese momento pude ver, con cara de espanto, como una herida yacía en su costado izquierdo y expulsaba un flujo continuo de sangre.
- ¡Dios santo! ¿Qué te ha pasado?- el miedo y el desconcierto se apoderaron de mi voz pese al leve intento de calma que quería transmitirle.

- Yo... No... no te lo puedo decir … no lo entenderías... - sus ojos suplicantes intentaban hallar en mi la comprensión que no parecía encontrar.

- Tranquilo, mírame – le dije mientras intenté sujetar su barbilla para que nuestros ojos se encontraran con un leve destello.- Te puedo ayudar, y lo voy a hacer. Pero quiero saber qué te ha pasado, y tranquilo, no se lo contaré a nadie.

- Ni siquiera... ¿Ni siquiera se lo contarás a las autoridades?- evitó mirarme a los ojos al pronunciar la frase. Debía esperarme lo peor.

- No, te lo prometo.- dije al instante.

- Yo... soy... un imperfecto. Y me han encontrado. - Las palabras se quedaron flotando en la sala, mientras mi mente las procesaba. ¿Qué estaba diciendo? No podía ser cierto. Dudé entre creerle o desestimar su confesión debido al estado en el que se encontraba. Pero no tuve más tiempo para preguntarle, puesto que poco después de pronunciar las palabras, se desmayó.
¿Qué debía hacer? Estaba claro que no podría entregarle, y lo primero que tenía que hacer era curarle la herida. En ese momento di gracias a mi madre por todo lo que me enseñó sobre primeros auxilios, y recordé que en la estancia donde me encontraba había un botiquín. Enseguida lo cogí, y tras quitarle la camisa blanca que ahora se hallaba llena de sangre conseguí desinfectarle el corte. Después de coserle y vendarle la herida, aquello no tenía tan mala pinta. Pero no podía dejarle allí, si era cierto que era un Imperfecto, un grupo de robots se hallaría en estos instantes buscándole por todos los rincones. Debía llevarle a otro lugar. Entonces se me ocurrió llevarle a un desván oculto que se hallaba en nuestra terraza, y del que nadie excepto yo conocía su existencia. Aunque aquel joven era delgado no podría subirle por las escaleras hasta llegar a mi planta, y obté por usar el elevador, que llevaba varios años sin ser utilizado. Respiré hondo, le incorporé y pasé su mano alrededor de mi cuello para poder caminar mejor.
- Tranquilo, te llevo a un lugar seguro. - le susurré en el oído con ternura mientras que, por un instante me miró a los ojos. De nuevo volvió a recaer en el sueño, estaba demasiado débil.
Abrí con rapidez la puerta del elevador y antes de mandarle hacia las plantas de arriba, recogí su camisa manchada de sangre y limpié con un pañuelo la puerta, cerrándola cuidadosamente tras de mí para no dejar ninguna pista. Entonces pulsé la planta 250, donde estaba la terraza, y me dirigí al comedor para subirle un poco de comida. Pero, cuando abrí la puerta y entré una estridente y melancólica voz me llamó.
- ¡Nayha! ¡Hija!- con pesar giré la cabeza en la dirección del sonido y contemplé como mi madre me hacía señas desde la mitad de la sala con una servilleta. Resoplé. Y ahora me tocaba tragar con esto.
- Dime mamá. - dije evitando su mirada.
- ¿Dónde te habías metido? He estado buscándote esta mañana. Te recuerdo que habíamos quedado para tomar té, querida.- aunque intentó usar un tono afable, su voz sonaba igual de desagradable que siempre.
- Lo siento mamá pero estoy ocupada. Además ya te dije que los sábados no me gusta hacer planes, hoy sólo me voy a dedicar a leer.
- Está bien.- me respondió simulando indiferencia.
Cogí la bandeja y me marché en el ascensor general hasta la terraza. Cuando llegué abrí la puerta del desván y le ayudé a entrar. El lugar me invadió de recuerdos, el día que encontré la puerta oculta a ras del suelo sentí que aquel lugar siempre sería mi guarida. Por eso, allí dejé varios objetos personales, como eran algunos libros y una cama hinchable donde solía tumbarme a leer. En una repisa también había varias mantas.
Con suavidad le recosté en la cama y le tapé, puesto que seguía llevando el torso desnudo. Más tarde le traería alguna camisa blanca de mi hermano. Pasada media hora, el joven descansaba plácidamente con una respiración acompasada. No podía apartar los ojos de él, de su belleza, y me costaba creer que fuera un imperfecto. En realidad nunca había conocido a un ser tan perfecto como él, con esos ojos azules inigualables, ese cuerpo impecable y esa voz que me tensaba. De repente sus ojos se abrieron como una flor al alba.
- Hola. - dijo tras un rato intentando articular una palabra.
- Hola.- le sonreí. - ¿Cómo te encuentras?
- Bastante mejor. No sé como puedo agradecerte esto.
- No me tienes que agradecer nada. - le miré intentando hacer parecer que solo fuese una mirada fortuita, aunque mis ojos me delataban. - Toma, te he traído algo de comer.- le dije mientras cogía la bandeja que había dejado a mi lado. - Trata de comértelo todo, te sentará bien. 
- Gracias.- Me sonrió mientras comenzaba a comer. De pronto, pareció recordar algo y se tocó la herida en el costado, al mismo tiempo que lanzaba un gruñido. - ¿La has cosido tú?  
- Sí tranquilo. En unas semanas estará completamente cicatrizada. Y ahora dime ¿cómo es que sabías mi nombre?
- Yo... Bueno,- pareció sonrojarse- te he visto por ahí. Y, aunque no lo recuerdes, hace muchos años fuimos amigos. Me llamo Dilan.
 - Encantada. Y ahora... Antes me dijiste que eras un imperfecto. ¿Es cierto?
 - Sí. Y entiendo que quieras denunciarme, yo mismo lo haría, pero no quiero acabar como los demás. Ya sabes, no quiero acabar allí abajo. Además, sé que no soy el único. Hay muchísimos de ellos que quieren hacerse pasar por Enyers, y la mayoría lo consigue. Creen que solo somos varios, pero hoy en día hay cientos, aunque no corren la misma suerte que yo. - intentó serenarse. - Siento lo que te estoy haciendo pasar, pero de verdad que no quiero generarte problemas. En cuanto pueda, me marcharé. - trató de levantarse, y al instante le paré.
- No te preocupes,- volví a colocarle las sábanas encima.- Así al menos tendré a alguien con quien charlar y que no pueda salir corriendo.- ambos sonreímos. Sin esperarlo, su cálida mano rozó la mía al tratar de moverse, y nos quedamos callados sin dejar de mirarnos durante varios minutos.
De pronto, me cogió la muñeca con suavidad y la posó con cuidado sobre su cuello, donde pude notar como una pequeña cicatriz destacaba sobre su suave tesitura.
- Así que... - intenté romper aquel extraño silencio.- ¿Desde cuando lo sabes?
- No desde hace mucho, tal vez dos años. - giró su cabeza para poder contemplarme mejor.- Siempre he creído que nadie nunca lo sabría. Que tal vez nunca lo notaran, pero ya sabes que ahora más que nunca están tratando de eliminar a los imperfectos. Después de descubrir que algunos defectos se pueden heredar, ya nada es lo mismo. Ahora parece una caza furtiva para que a ningún imperfecto pueda procrear con alguien similar a él. Esta mañana mientras dormía, alguien llamó a la puerta buscándome. Mi hermana pequeña me avisó de que unos robots preguntaban por mi. Y antes de que pudieran irrumpir en mi habitación conseguí escapar por la ventana, no sin antes llevarme un disparo que me rozó de milagro.- miró la herida.- Conseguí despistarles porque pensaron que había escapado hacia el exterior, cuando lo único que hice fue esperar a que se marcharan y entonces traté de subir varias plantas por aquellas antiguas escaleras donde antes trabajaba mi madre limpiando. Y bueno, después apareciste tú.- me miró con disimulo, y sin evitarlo me sonrojé.
- Me alegro de haberte encontrado.- respondí sin pensarlo.- Y bueno, ahora debería bajar a traerte más comida y algo de ropa limpia, no quiero que estés así. - dije rápidamente mientras me levantaba y salía del desván.
La verdad es que no me importaba verle sin camiseta, en cierto modo me fascinaba, me atraía. Pero esa no era la clase de sentimientos que debía tener hacía un imperfecto.

Si quieres seguir leyendo la historia aquí están el resto de los capítulos. 
 

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