lunes, 18 de mayo de 2015

Cala secreta / parte II

- Aquí es- nos indicó Pablo.
-¿Dónde está la entrada?- preguntó Sara.
Una carcajada de Pablo contestó a la pregunta de Sara.
-¿Pretendes hacernos bajar por una montaña a una cala, en la que Dios sabe qué nos pasaría si subiera la marea?- dijo incrédula Silvia.
- ¿No teníais ganas de playa?- Pablo sonrió. Su melena marrón desarreglada destacaba con su pálida y ahora rojiza quemada piel. Sara notaba algo en su mirada hacia su prima, no miraba a nadie así. Presentía que esa mirada escondía infinidad de sentimientos, y Sara nunca se equivocaba con esas cosas.

Pablo señaló unas rocas que en forma vertical, simulaban unos peldaños.
Bajó con extrema rapidez, se notaba que no era la primera vez que lo hacía. Sin embargo, Sara y Silvia dejaron mucho que desear en su forzosa y estrepitosa bajada.
Luego le llegó el turno a Nacho, el hermano de Sara, que con tan solo 10 años, bajó mejor que ninguno.
Su hermana como siempre, se preocupaba por él. Siempre se estaban peleando, le odiaba, pero no podría perdonarse que nunca nadie le hiciese daño.
Ese sentimiento conocido como amor de hermanos.
- Ten cuidado Nacho,- le reprimía. -Eres muy pequeño para estar con nosotros. No sé como mamá te ha dejado venir.
-¡Pero si he bajado mejor que tú capulla!- Respondió Nacho con un guiño de ojo y una tirada de beso hacia su hermana.
-¿Capulla? Verás como te coja.

Silvia dejó las toallas y las chanclas encima de unas piedras, detras de la zona por donde habían bajado. Los cuatro chicos comenzaron a meterse en la playa.
-¡Qué asco, hay algas!- gritó Sara en cuanto rozó el fondo marino.
Rápidamente, se adentraron, Pablo y Nacho delante, y Silvia y Sara detrás.

Sara empezó con sus intentos de ahogar a su prima, que siempre acababan en risas y abrazos.
Entonces, Pablo les dijo que se adentraran más al fondo, donde había una cueva.
- ¡Dentro de la cueva hay un pulpo!- dijo Nacho.
- No creo que sea un pulpo.- Indicó Pablo.
- ¿¡Un pulpo!?- se horrorizó Silvia al pensarlo.

Sara se giró para comenzar un nado de espaldas, cuando vió un ser flotante a su lado. Era de un color oscuro, pero pudo ver como uno de sus ocho tentáculos se acercaba a su cuerpo.
-¡¡¡¡¡¡¡¡Aggggggghhhhhhhh!!!!!- gritó cuanto sus cuerdas le dejaron.
A los segundos, los cuatro chicos habían salido del agua.

- Me has asustado más tú a mi que el pulpo a ti.- dijo con ironía Silvia a su prima pequeña, quien seguía teniendo la piel de gallina.

-Nacho, ¿no hay otra playa por aquí cerca?- preguntó Sara ignorando a su prima.
-Podríamos ir a la playa de la roca, pero nos pilla bastante lejos... Espera, creo que aquí cerca hay una.

De nuevo subieron por los trancos, y Pablo les condujo hasta la playa. Esta vez, no hubo que bajar nada, puesto que la ancha playa carecía de rocas.

Silvia se fijó en que había varias sombrillas con objetos debajo, pero nadie a su alrededor.
¿Por qué se habrían marchado? Tal vez se estuviesen bañando, aunque solo había un par de niños jugando en la orilla.
- Una carrera- desafió Nacho.
Así, los cuatro chicos corrieron hasta que se hubieron adentrado lo suficiente como para no tocar pie.
- Juguemos ahora al tiburón- propuso Sara- ¡Se la queda Silvia!

Los tres hacían lo imposible porque la morena chica no les diera alcance, pero ella ya tenía su objetivo; cazar a Sara.
Esta, a su vez, fue a por su hermano, quien de repente, sintió un pinchazo en la planta del pie.
El chico comenzó a gemir pero su hermana no le tomaba en serio.
-Nacho eso no es nada. Eres un exagerado.
-¡Te digo que me ha picado algo! Creo que ha sido una medusa.
Los tres chicos a excepción de Nacho que seguía gimoteando en la orilla, siguieron bañándose en las aguas azuladas que en aquel bello día tenían un brillo especial.
De pronto, Silvia dio un grito que alarmó a Pablo y Sara.
-¿Qué te ocurre ahora a ti?- dijo Sara preocupada.
-Me duele muchísimo.- susurró Silvia tartamudeando.
El dolor la empezaba a cegar.
- ¡Dios Santo! ¡Tienes una picadura enorme en tu hombro derecho! Tenemos que volver al piso ya.
Silvia comenzó a sentirse muy débil y notaba como perdía el tacto de su brazo, a medida que se iba quedando inmovilizado.
Ahora Sara estaba realmente preocupada pero Pablo lo estaba mucho más.
Pasó su brazo por el de Silvia para ayudarla a caminar.

Pero a la salida de la orilla, una ola empujó a los dos chicos hacia el fondo, haciendo que Pablo resbalase y en su fallido intento de alzar su cuerpo, apoyando la mano, rozara una medusa.
Pese a que Pablo sentía un gran dolor por la rozadura de medusa, no era comparable a los continuos pinchazos que sentía Silvia.
Al fin, consiguieron llegar al piso.
En seguida atendieron a todos los chicos excluyendo a Sara, que había conseguido salvarse.
La madre de Pablo fue la encargada por su hijo en ocuparse de la picadura más grave, la de Silvia.
Ella utilizó un remedio antiguo y casero que le había recomendado su hermana, que era doctora. El método consistía en una hoja de aloe vera, que tras sucesivas pasadas en las heridas las iba calmando y sanando.
Para Silvia fue realmente un alivio sentir aquel frescor inmediato que calmaba su rozadura.
En una hora, todos los chicos estaban perfectamente curados para seguir con un día que seguiría trayéndoles innumerables sorpresas.

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